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¿Por qué vino Infantino? Los verdaderos motivos que lo trajeron al país

  • hace 2 días
  • 8 min de lectura

La visita del presidente de la FIFA a República Dominicana coincidió con un torneo juvenil y una reunión regional. Sin embargo, ocurrió en el momento más delicado de sus diez años en el cargo: con tres confederaciones enfrentadas a su gestión, un proyecto de inversión privada abortado y una reelección que dejó de parecer automática.

Gianni Infantino llegó a República Dominicana oficialmente para hablar de desarrollo, observar el fútbol juvenil y reunirse con los dirigentes de la Unión Caribeña de Fútbol. Pero el calendario convirtió esa agenda institucional en una operación política.


El presidente de la FIFA aterrizó en Punta Cana después de que su plan para incorporar capital privado a los negocios del Mundial provocara una rebelión inédita dentro del fútbol internacional. La UEFA, la Confederación Asiática y la propia Concacaf cuestionaron su liderazgo; altos funcionarios abandonaron su entorno y comenzaron a circular llamados para que renunciara antes de las elecciones de marzo de 2027.

En ese contexto, su visita difícilmente podía ser solo protocolar. Infantino vino a conversar sobre proyectos, recursos y oportunidades para el Caribe. Pero vino, sobre todo, a recuperar terreno en una región cuyos votos pueden resultar decisivos para su continuidad. República Dominicana le ofrecía algo que hoy necesita con urgencia: una puerta de entrada a los dirigentes caribeños, una recepción institucional favorable y un escenario desde el cual presentar la crisis no como una disputa por el control comercial del Mundial, sino como una batalla entre las potencias tradicionales y los países que todavía reclaman recursos para desarrollarse. Esa fue la narrativa que trajo consigo.

Una visita que ya no podía ser neutral

El motivo formal del viaje fue la reunión de la Caribbean Football Union —CFU— celebrada en el marco del torneo masculino Sub-14 que reunió en Punta Cana a 28 selecciones del Caribe. La competencia, respaldada por FIFA Forward, se disputó del 16 al 23 de agosto.

Infantino fue recibido por el ministro de Deportes, Kelvin Cruz, y sostuvo encuentros con el presidente de la Federación Dominicana de Fútbol, José Deschamps; el comisionado nacional de fútbol, Benny Metz; el presidente del Comité Olímpico Dominicano, Garibaldy Bautista, y otros dirigentes. Cruz lo comunicó además por teléfono con el presidente Luis Abinader, quien le dio la bienvenida al país.

“De verdad que su visita aquí nos pone en el mapa mundial del fútbol y es un gran honor recibirles”, expresó el ministro. Desde el Gobierno se proyectó el encuentro como un reconocimiento a la capacidad dominicana para organizar reuniones y acontecimientos deportivos internacionales.

Pero la presencia de Infantino no era cómoda para todos. Víctor Montagliani, presidente de la Concacaf y vicepresidente de la FIFA, le pidió por escrito que reconsiderara el viaje. Argumentó que la crisis de gobernanza provocada por FIFA Forward Enterprise concentraría la atención mediática y terminaría perjudicando el carácter técnico del torneo infantil. “Le pido respetuosamente, en nombre del fútbol, que reconsidere su asistencia”, escribió Montagliani. Infantino ignoró la solicitud y se presentó de todos modos.

Ese desacuerdo ayuda a comprender el verdadero peso del viaje. No se trataba únicamente de visitar un torneo. El presidente de la FIFA decidió entrar directamente en el territorio político de un vicepresidente que se ha convertido en uno de sus principales adversarios.

La invitación dominicana, según fuentes citadas por medios locales, había sido formulada antes del estallido de la crisis. Esto impide afirmar que el viaje fue concebido desde el principio como una maniobra de supervivencia. Sin embargo, mantenerlo después de la petición de Montagliani fue una decisión deliberadamente política.

El discurso escogido para el Caribe

Infantino salió de la reunión con un mensaje cuidadosamente elaborado: la FIFA debe reducir la distancia entre los grandes países futbolísticos y el resto del mundo.

“Queremos hacer crecer el fútbol en cada uno de nuestros 211 países”, declaró. Luego lanzó la frase de mayor carga política de toda la visita: “Algunos, desafortunadamente, no necesitan y no quieren que otros crezcan”.

El señalamiento no mencionó a la UEFA, pero parecía dirigido a las potencias europeas que encabezaron el rechazo a su proyecto. Infantino contrapuso así dos modelos: de un lado, quienes defienden la estructura tradicional del fútbol; del otro, las federaciones pequeñas que necesitan inversiones, infraestructuras y oportunidades.

“Tenemos que encontrar inversiones para todos los demás, oportunidades para todos los demás”, agregó. También aseguró que todas las iniciativas de la FIFA pasarían por los organismos correspondientes y serían decididas democráticamente, “en estricto cumplimiento” de las normas.

La elección de esas palabras no fue casual. Precisamente, sus críticos lo acusan de haber intentado impulsar su mayor proyecto comercial sin transparencia, consulta suficiente ni intervención oportuna de los órganos de control.

Durante la reunión, según José Deschamps, Infantino “pidió disculpas públicamente”. La admisión sugiere que la crisis, aunque no figurara en el programa oficial, ocupó un lugar central en las conversaciones.

¿Qué significaba “vender el Mundial”?

La frase resulta poderosa, pero necesita precisión. Infantino no propuso vender la Copa del Mundo completa ni entregar a inversionistas la facultad de cambiar las reglas, escoger selecciones o decidir el calendario deportivo. El proyecto, denominado FIFA Forward Enterprise, contemplaba crear una filial que concentraría las operaciones comerciales y la organización de eventos de la FIFA: derechos audiovisuales, patrocinios, boletería, licencias y explotación de sus principales torneos.

La FIFA pretendía vender aproximadamente un 20 % de esa compañía a inversionistas privados. La operación buscaba captar hasta 4,200 millones de dólares sobre una valoración inicial de 20,000 millones. Entre los potenciales interesados apareció Thrive Capital, firma fundada por Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, yerno del presidente estadounidense Donald Trump. Morgan Stanley había sido contratado como asesor de la operación.

La defensa de Infantino era sencilla: la FIFA mantendría el control de la filial y utilizaría el dinero para multiplicar la inversión en sus asociaciones. Cada federación habría podido acceder a 20 millones de dólares extraordinarios para proyectos especiales y recibir otros 20 millones durante el ciclo 2027-2030, frente a los ocho millones presupuestados originalmente.

Para federaciones con ingresos limitados, la propuesta era extraordinariamente atractiva.

El cuestionamiento estaba en el costo de largo plazo. Los inversores no entregarían 4,200 millones por filantropía: adquirirían participación en los ingresos futuros del Mundial y de otras competiciones. Sus beneficios dependerían de que esos torneos generaran cada vez más dinero.

Los críticos advirtieron que esa presión podía traducirse en más partidos, calendarios más congestionados, entradas más caras, nuevos formatos y decisiones guiadas por la rentabilidad de los accionistas. También preguntaron por qué la FIFA necesitaba capital privado después de organizar el Mundial más rentable de su historia y acumular cuantiosas reservas.

Concacaf y sus 41 asociaciones rechazaron el proyecto por la falta de un procedimiento adecuado, el plazo artificialmente corto impuesto para analizarlo y la ausencia de revisión previa por los órganos de gobernanza. Tras la retirada del plan, la confederación sostuvo que el episodio evidenciaba “un liderazgo que ha dejado de poner al fútbol primero”.

El rechazo obligó a Infantino a abandonar la propuesta el 1 de agosto. Pero retirar el proyecto no terminó la crisis: trasladó la discusión desde el negocio hacia su manera de gobernar.

Por qué República Dominicana puede ser vital

En el Congreso de la FIFA cada asociación tiene un voto, sin importar su población, tradición deportiva o resultados. República Dominicana pesa formalmente lo mismo que Brasil, Alemania, Argentina o Inglaterra.

Por sí solo, el voto dominicano no decide una elección. Su importancia está en la plataforma regional. La CFU reúne 31 asociaciones caribeñas, de las cuales 25 tienen derecho a votar en la FIFA. Eso representa casi una cuarta parte de los 106 votos necesarios para ganar una elección presidencial con la totalidad de los miembros presentes.

Por eso la reunión celebrada en territorio dominicano era mucho más importante que una fotografía con autoridades. Le permitía a Infantino hablar directamente con un bloque que históricamente ha valorado los programas de desarrollo de la FIFA y que, por su tamaño económico, depende más de esos fondos que las grandes federaciones europeas.

También le permitía intentar separar a las asociaciones caribeñas de la línea de Montagliani. Associated Press describió a estas federaciones como potenciales respaldos que Infantino podría desprender de la conducción política de Concacaf.

El mensaje pronunciado en Santo Domingo —“algunos no quieren que otros crezcan”— buscó precisamente esa fractura. Presentó a Infantino como defensor de las asociaciones pequeñas y a sus adversarios como guardianes de los privilegios del fútbol rico.

República Dominicana, además, atraviesa una etapa de crecimiento deportivo: logró su primera clasificación mundialista juvenil, participó en los Juegos Olímpicos de París 2024, desarrolla su liga profesional y acaba de organizar los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 2026. Para el país, estrechar relaciones con FIFA puede significar instalaciones, asistencia técnica, competencias y visibilidad. Para Infantino, exhibir ese proceso fortalece su argumento de que su modelo distribuye oportunidades fuera de los centros tradicionales.

Ambas partes tienen, por tanto, intereses legítimos. El problema surge cuando la inversión para desarrollar el fútbol se confunde con la construcción de lealtades electorales.

¿Está realmente por caer?


Infantino anunció en abril que será candidato en las elecciones del 18 de marzo de 2027, previstas en Marruecos. Antes de la crisis parecía encaminado a presentarse sin oposición. Según FIFA, había recibido el agradecimiento y respaldo de sus 211 asociaciones; otras informaciones sostienen que entre abril y mayo había reunido cartas de apoyo de cerca de 200 federaciones.

Ese escenario cambió, pero no necesariamente hasta el punto de convertirlo en un presidente derrotado. Las estimaciones publicadas son contradictorias y reflejan una pelea todavía abierta. Fuentes consultadas por El País calculaban a comienzos de agosto que Infantino aún podía conservar alrededor de 140 votos gracias al apoyo africano, buena parte de Asia, Sudamérica, Oceanía y sectores de Concacaf. Bajo ese cálculo, su continuidad seguiría siendo probable.

Una evaluación posterior de Le Monde señaló, en cambio, que la coalición de UEFA, AFC y Concacaf creía haber alcanzado al menos 106 votos para cerrarle el paso. Ese bloque estudia presentar un candidato común y reformar la FIFA para reducir el poder ejecutivo de la presidencia. Montagliani aparece como uno de los nombres con mayor proyección, aunque no ha anunciado formalmente una candidatura.

Aleksander Ceferin descartó competir personalmente, pero afirmó que, si Infantino no renuncia, tendrá un rival en marzo. La fecha límite para registrar candidaturas es el 18 de noviembre.

La conclusión prudente es que Infantino continúa siendo competitivo, pero ya no invulnerable. Conserva los recursos institucionales, relaciones construidas durante una década y el apoyo de asociaciones beneficiadas por FIFA Forward. Sus adversarios poseen influencia deportiva y económica, pero necesitan mantenerse unidos y presentar un candidato capaz de atraer votos más allá de Europa.

No basta con que UEFA rechace al presidente. En el sistema de “un país, un voto”, las federaciones pequeñas pueden decidir la elección. De ahí que el Caribe haya adquirido una importancia desproporcionada y que la escala dominicana resulte tan significativa.

La fotografía y lo que queda fuera del encuadre

La versión oficial de la visita muestra a Infantino hablando de niños, oportunidades y desarrollo junto a dirigentes dominicanos y caribeños. Esa dimensión es real. El torneo Sub-14 existía antes de la crisis, la invitación había sido cursada y los programas de FIFA financian proyectos concretos en la región.

Pero la otra dimensión también es evidente. Infantino llegó cuando necesitaba demostrar que no estaba aislado. Desobedeció la petición del presidente de Concacaf, se presentó ante las asociaciones caribeñas, ofreció disculpas y defendió su gestión mediante un discurso que divide el mundo entre las grandes potencias y quienes todavía necesitan crecer.

Más que una visita protocolar, vino con el afán de reconstruir su mayoría. No necesariamente para resucitar de inmediato el proyecto de “vender el Mundial”, ya formalmente retirado, sino para preservar el sistema político que le permitiría seguir gobernando la FIFA y eventualmente reformular su agenda comercial bajo procedimientos distintos.

República Dominicana no decide sola su futuro. Pero puede ayudarlo a abrir una grieta dentro de Concacaf, legitimar su discurso de desarrollo y acercarlo a los 25 votos mundialistas que existen en el Caribe.

La verdadera historia de su visita no está, por tanto, en el torneo juvenil ni en los saludos oficiales. Está en una elección que se celebrará dentro de siete meses y en una pregunta que recorre ahora el fútbol mundial: si las inversiones de FIFA Forward son una política de desarrollo o la estructura financiera de una maquinaria electoral.

Infantino vino a decir que quiere cerrar la brecha entre los poderosos y los pequeños. Sus críticos sostienen que utiliza esa brecha para conservar el poder.

En República Dominicana comenzó a comprobar cuál de esas dos versiones convencerá al Caribe.

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